La historia sísmica de Colombia tiene episodios que, aunque ocurrieron hace más de un siglo, siguen teniendo una enorme vigencia. El terremoto de magnitud 8,8 registrado el 31 de enero de 1906 frente a las costas del Pacífico, entre Colombia y Ecuador, no fue solamente el movimiento telúrico más fuerte registrado instrumentalmente en la historia del territorio colombiano; también fue una demostración de la capacidad destructiva de la naturaleza y de la vulnerabilidad de las poblaciones ubicadas en zonas de amenaza sísmica.
Según el recuento publicado por BLU Radio, el sismo ocurrió a las 10:36 de la mañana y tuvo su epicentro en el lecho marino del océano Pacífico. La enorme energía liberada provocó un tsunami con olas estimadas entre dos y cinco metros y afectó principalmente sectores de Cauca y Nariño, además de la provincia ecuatoriana de Esmeraldas. Los registros históricos estiman alrededor de 600 personas fallecidas.
Más que un dato histórico, aquella tragedia debería ser entendida como una lección para el presente. Colombia continúa siendo un país sísmicamente activo debido a la interacción de diferentes placas tectónicas y a la existencia de numerosas fallas geológicas. De hecho, otros terremotos posteriores, como los ocurridos en 1979, 1999 y, más recientemente, el fuerte sismo de magnitud 7,4 registrado en agosto de 2026, han demostrado que el riesgo no pertenece exclusivamente al pasado.
El terremoto de 1906 también permite cuestionar una idea equivocada: que un desastre depende únicamente de la magnitud del sismo. No es así. La profundidad, la distancia respecto de los centros poblados, la calidad de las construcciones, las condiciones del suelo, la preparación de las comunidades y la capacidad institucional de respuesta pueden determinar si un fenómeno natural termina convertido en una catástrofe humana.
Por eso, recordar el terremoto de 1906 no debería convertirse simplemente en una curiosidad histórica. El verdadero valor de recuperar esa memoria está en preguntarnos cuánto hemos aprendido desde entonces.
Colombia ha avanzado en materia de construcción sismorresistente, monitoreo y gestión del riesgo, pero los recientes acontecimientos muestran que todavía existen enormes desafíos. Una emergencia de gran magnitud no se enfrenta únicamente cuando ocurre: se enfrenta con planificación, educación, infraestructura adecuada, sistemas de alerta, simulacros y autoridades preparadas con suficiente anticipación.
También resulta necesario fortalecer la cultura ciudadana frente a los terremotos. La población debe conocer qué hacer durante un movimiento telúrico, identificar zonas seguras, establecer protocolos familiares y evitar la propagación de rumores. En una emergencia, la información confiable puede ser tan importante como la respuesta de los organismos de socorro.
El dato de que el 83 % de los colombianos reside en zonas con amenaza sísmica alta o intermedia debería generar mucho más que preocupación momentánea. Esa cifra obliga a discutir seriamente la planificación urbana, el estado de las edificaciones, el cumplimiento de las normas de construcción y la preparación de las ciudades.
El terremoto de 1906 ocurrió en un país muy diferente al actual. Sin embargo, la amenaza permanece. La tecnología permite detectar y estudiar mejor los movimientos de la Tierra, pero todavía no permite predecir con precisión cuándo ocurrirá un gran terremoto.
Esa incertidumbre hace que la prevención sea indispensable.
La memoria de aquel 31 de enero de 1906 debería servir, entonces, para mirar hacia adelante. No se trata de vivir con miedo a un próximo terremoto, sino de asumir que Colombia es un territorio sísmicamente activo y que ignorar esa realidad sería una irresponsabilidad.
Un terremoto no puede evitarse. Una parte considerable de sus consecuencias, sí.
Fuente: BLU Radio.
Emisora Fusaonline