En las arterias congestionadas de Bogotá, el TransMilenio se ha convertido en un escenario de supervivencia urbana donde el estrés se transforma en agresión. Empujones, caídas, discusiones, puñetazos y hasta robos son el pan de cada día, especialmente en las horas pico, cuando los buses articulados se convierten en sardineras humanas. Este sistema, que lleva 25 años operando, moviliza a más de 4 millones de personas diarias con apenas menos de 11 mil vehículos, un esfuerzo heroico que, sin embargo, colapsa ante los casi 8 millones de habitantes de la capital colombiana. No es casualidad: desde el amanecer hasta el ocaso, los articulados permanecen repletos, convirtiendo el trayecto al trabajo o a casa en una batalla por un centímetro de espacio.
El problema no radica solo en la infraestructura obsoleta, sino en el caldo de cultivo que genera la intolerancia. Ese afán colectivo, alimentado por el tumulto y la frustración, empuja a usuarios —hombres y mujeres exhaustos, padres con hijos, jóvenes con mochilas— a conductas inaceptables. ¿Cómo culparlos del todo? Son víctimas de un modelo que prioriza la cantidad sobre la calidad, heredado de decisiones políticas que optaron por parches en lugar de soluciones estructurales. El Código Nacional de Policía y Convivencia existe para penalizar agresiones, empujones y faltas de respeto, con multas de cuatro salarios mínimos diarios —alrededor de 43 dólares—, pero ¿quién las aplica en medio del caos? Es una norma en papel, tan ineficaz como un bus vacío en hora valle.
Desde mi perspectiva, este no es solo un fallo logístico, sino un espejo de las desigualdades bogotanas: un transporte público que castiga a los más vulnerables, aquellos sin auto propio ni opción de teletrabajo. Mientras alcaldes pasados y presentes discuten culpas —de Peñalosa a López y Galán—, los ciudadanos pagan el precio en dignidad perdida. Es hora de invertir en expansión real: más buses, rutas eficientes y, sobre todo, un metro que no sea promesa eterna. Bogotá merece un sistema que una, no que divida; que transporte vidas, no que las agote. De lo contrario, el TransMilenio seguirá siendo sinónimo de ira contenida, un recordatorio cruel de que la movilidad no es lujo, sino derecho.
(Fuente: Publicación de DW Español)
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