El caso de la adolescente de 14 años en Muzaffarnagar, Uttar Pradesh (India), no es solo un lamentable accidente médico: es la dramática ilustración de cómo la precariedad económica y la falta de ética profesional pueden converger para destruir la vida de una niña vulnerable. Según la denuncia de su madre, Reshma, una mujer soltera de escasos recursos, el médico responsable de la cirugía previa en la pierna derecha de la menor realizó una maniobra brusca durante una consulta de control, provocando un audible “crujido” y una nueva fractura. Todo esto en medio de presuntos cobros irregulares que la familia apenas pudo solventar tras recurrir a las autoridades locales.0
Este episodio resulta indignante por múltiples razones. En primer lugar, evidencia la persistencia de barreras económicas en el acceso a la salud pública, incluso en hospitales que deberían garantizar atención gratuita. La madre tuvo que pagar parcialmente y prometer más dinero para que su hija recibiera el tratamiento inicial; luego, durante el seguimiento, la negligencia (o peor, la posible negligencia intencionada) agravó el daño. Escuchar “un crujido” mientras la niña gritaba de dolor no es un detalle menor: es la materialización del sufrimiento evitable de quien ya estaba en recuperación.
En segundo lugar, este hecho pone en jaque la confianza en el sistema de salud. Los médicos tienen en sus manos la integridad física y emocional de sus pacientes, especialmente de los más frágiles como los niños. Manipular con fuerza una pierna recién operada sin el cuidado debido, en un contexto de reclamos previos por cobros, sugiere no solo impericia sino un posible desprecio por la dignidad humana cuando el paciente no puede “pagar lo suficiente”. Las autoridades del hospital han abierto una investigación interna, lo cual es necesario, pero insuficiente si no se traduce en sanciones ejemplares y en medidas estructurales que impidan que se repitan estos abusos.
Este caso trasciende las fronteras de India. En muchos países, incluyendo aquellos con sistemas sanitarios más consolidados, persisten desigualdades que hacen que la salud sea un privilegio y no un derecho. La historia de esta menor y su madre debería servir como recordatorio urgente: la ética médica no es negociable, y la protección de los pacientes vulnerables debe ser prioritaria. Ningún niño debería pagar con una nueva fractura el “delito” de ser pobre. Justicia para Reshma y su hija, y reformas reales para que tragedias como esta no sigan ocurriendo en silencio.
Fuente: con información de Blu Radio
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