El presidente Donald Trump ha intensificado su interés en Groenlandia, destacando su riqueza en minerales críticos como las tierras raras, que podrían reducir la dependencia de China en materiales esenciales para tecnología militar, vehículos eléctricos y equipos médicos.
Funcionarios de su administración ven en la isla ártica una oportunidad estratégica clave. Trump ha afirmado que Estados Unidos “necesita Groenlandia” y que “la conseguirá les guste o no”, incluso mencionando opciones que incluyen acciones por la fuerza, según reportes recientes.
Sin embargo, expertos coinciden en que los sueños mineros son en gran medida irrealistas. El entorno ártico extremo —con yacimientos bajo capas de hielo de más de un kilómetro, oscuridad prolongada, zonas remotas y falta total de infraestructura y mano de obra— hace que la extracción sea entre cinco y diez veces más costosa que en cualquier otro lugar del planeta.
Malte Humpert, fundador de The Arctic Institute, calificó la idea de convertir Groenlandia en la “fábrica estadounidense de tierras raras” como “ciencia ficción” y “completamente descabellado”, comparándola incluso con extraer minerales en la Luna, pero en algunos aspectos peor.
A diferencia de Venezuela, donde Estados Unidos intervino recientemente, Groenlandia es un territorio autónomo de Dinamarca —aliado clave en la OTAN— con estabilidad política y apertura explícita a la inversión extranjera. Líderes locales, como Christian Keldsen de la Asociación Empresarial de Groenlandia, enfatizan que no hay necesidad de control coercitivo: “Estamos abiertos a invertir y trabajar con los estadounidenses. ¿Por qué amenazar con tomar el control cuando puedes conseguirlo comportándote?”.
Jacob Funk Kirkegaard, del Peterson Institute for International Economics, señaló que si existiera una “olla de oro” accesible, las empresas privadas ya habrían llegado hace tiempo. Cualquier desarrollo masivo requeriría subsidios millonarios de los contribuyentes, algo que califica como una base pobre para adquirir territorio.
El cambio climático ha derretido parte del hielo y abierto rutas marítimas, pero también genera terreno inestable, mayor riesgo de deslizamientos y no elimina los desafíos logísticos. Las estrictas regulaciones ambientales de Groenlandia, que reflejan el deseo local de preservar su entorno prístino, añadirían aún más costos y complicaciones.
La opinión pública en la isla rechaza mayoritariamente cualquier anexión: solo el 6 % apoya unirse a Estados Unidos, mientras que el 85 % se opone, según encuestas de 2025. Expertos advierten que la retórica agresiva de Trump podría transformar la percepción de Estados Unidos de aliado a “abusivo”, dañando relaciones a largo plazo y objetivos estratégicos.
En resumen, aunque Groenlandia posee recursos valiosos, las barreras geográficas, económicas y políticas hacen que la visión expansionista de Trump enfrente obstáculos casi insuperables en la práctica.
Fuente: CNÑ
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