En la antesala del cambio de mando presidencial en Colombia, el simbolismo de las Fuerzas Militares se convirtió en uno de los principales escenarios de confrontación política entre el presidente saliente, Gustavo Petro, y el presidente electo, Abelardo de la Espriella. Más allá de los discursos y las diferencias ideológicas, ambos líderes buscan enviar mensajes al país a través de ceremonias, escenarios y gestos que reflejan su visión sobre el papel de la institución militar en la democracia colombiana.
El tradicional desfile militar del 20 de julio, con motivo de los 216 años de la Independencia de Colombia, dejó de ser únicamente un acto protocolario para convertirse en un espacio de fuerte carga política. Petro decidió realizar su último desfile como jefe de Estado en Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá, alejándose del recorrido tradicional y argumentando que el propósito era acercar las Fuerzas Militares a los sectores populares y reivindicar la relación entre el Estado y las comunidades históricamente marginadas. La jornada estuvo acompañada por un discurso en el que el mandatario defendió el legado de su administración y llamó a respaldar las reformas impulsadas durante su gobierno.
En contraste, Abelardo de la Espriella continúa promoviendo la idea de asumir la Presidencia de la República el próximo 7 de agosto en una guarnición militar, una propuesta que ha generado un amplio debate político e institucional. Sus argumentos apuntan a fortalecer el vínculo entre el nuevo gobierno y la Fuerza Pública, resaltando un mensaje de autoridad, disciplina y respaldo a soldados y policías, pilares centrales de su propuesta de seguridad. Sin embargo, distintos sectores han advertido que un cambio de sede para la ceremonia de posesión requeriría procedimientos constitucionales y la participación del Congreso de la República.
La confrontación no se limita a los lugares escogidos para los actos oficiales. Analistas consideran que ambos dirigentes utilizan la simbología militar para proyectar modelos de liderazgo claramente diferenciados. Mientras Petro intenta presentar a las Fuerzas Militares como instituciones cercanas al pueblo y compatibles con una agenda de transformación social, De la Espriella las ubica como eje fundamental de una política de orden, seguridad y fortalecimiento del Estado frente a la criminalidad.
El debate también revive una vieja discusión sobre la relación entre el poder civil y la institución militar en Colombia. Históricamente, el país ha mantenido una tradición democrática en la que las Fuerzas Militares permanecen subordinadas al poder civil. Sin embargo, la utilización de símbolos militares por parte de los principales actores políticos evidencia cómo estos elementos continúan teniendo una enorme capacidad de influencia en la opinión pública y en la construcción de narrativas de gobierno.
La tensión ocurre en un contexto de transición política particularmente complejo. El proceso de empalme entre el gobierno saliente y el entrante ha estado marcado por desacuerdos públicos, diferencias sobre la agenda nacional y disputas alrededor del legado que dejará la administración Petro y el rumbo que tomará el país bajo el mandato de De la Espriella. Ese ambiente ha llevado a que cada acto protocolario adquiera un significado político mucho más amplio que el habitual.
Para diversos observadores, la competencia por el simbolismo militar refleja una batalla por definir el relato del poder antes del relevo presidencial. Petro busca cerrar su mandato reafirmando una narrativa de transformación institucional y acercamiento con la ciudadanía, mientras que De la Espriella pretende iniciar su gobierno enviando un mensaje de autoridad, fortalecimiento de la seguridad y respaldo a las Fuerzas Armadas.
Lo ocurrido durante la conmemoración del 20 de julio demuestra que los símbolos continúan desempeñando un papel determinante en la política colombiana. En un país donde las Fuerzas Militares han sido protagonistas de buena parte de la historia contemporánea, la manera como cada gobierno decide representarlas puede influir tanto en la percepción ciudadana como en el tono político con el que inicia una nueva administración.
Fuente: El País.