El antiguo Bronx de Bogotá, durante décadas sinónimo de abandono, microtráfico y exclusión social, está mutando aceleradamente hacia el Bronx Distrito Creativo. Según la crónica publicada este 1 de febrero de 2026 en El Espectador, la Etapa I de este ambicioso proyecto ya está a punto de entregar resultados visibles: la restaurada sede de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, el peculiar edificio La Flauta con su nueva terraza panorámica y una plazoleta sobre la avenida Caracas pensada para circulación peatonal, comercialización de emprendimientos y programación cultural de artes vivas.
El relato periodístico describe con detalle cómo, desde la estrecha azotea de La Flauta, hoy se divisa la cúpula amarilla de la Basílica del Voto Nacional como un recordatorio silencioso de otro tiempo. Sin embargo, esa misma postal también evidencia el contraste brutal entre la promesa de “distrito creativo” y la persistente cotidianidad popular, todavía atravesada por las cicatrices de la marginalidad que caracterizó al sector durante años.
La apuesta oficial es clara: convertir un territorio estigmatizado en un polo de industrias culturales y creativas que dialogue con la memoria colectiva sin romantizar el pasado. Pero aquí radica precisamente la tensión más delicada del proyecto. Restaurar ladrillos y abrir escenarios para teatro, música y exposiciones no equivale automáticamente a sanar las heridas sociales ni a incluir de verdad a quienes habitaron —y aún habitan— esas calles. La arquitectura puede ser un poderoso vehículo de memoria, pero también puede convertirse en una herramienta de blanqueamiento urbano si los usos previstos terminan privilegiando audiencias externas y desplazando a la población históricamente residente.
El riesgo no es menor: que el nuevo Bronx termine siendo un escenario estético para visitantes y emprendedores de otros estratos, mientras los problemas estructurales de Los Mártires —vivienda digna, acceso real a oportunidades económicas, seguridad cotidiana— siguen sin resolverse de fondo. La memoria no se preserva solo dejando intactas unas fachadas o instalando placas conmemorativas; se preserva cuando los procesos de transformación incluyen, escuchan y benefician prioritariamente a quienes cargaron con el peso de la decadencia.
El Distrito Creativo puede ser una oportunidad histórica para reconciliar arquitectura, cultura y justicia social en el corazón de Bogotá. Pero para que deje de ser solo un eslogan bonito, deberá demostrar —con hechos concretos y no solo con renders— que no está construyendo un nuevo decorado sobre las ruinas de vidas que todavía reclaman ser parte de la historia que se está escribiendo.
Fuente: El Espectador, crónica de Juan Camilo Parra, 1 de febrero de 2026.