Cuatro años después del inicio de la invasión rusa a gran escala, la guerra en Ucrania ha transformado profundamente no solo al país y a su presidente Volodymyr Zelensky, sino al orden de seguridad global, la diplomacia, la tecnología militar y el equilibrio de poder mundial.
El conflicto, que entró en su quinto año el 24 de febrero de 2026, ha convertido a Ucrania en una nación marcada por el agotamiento, las pérdidas humanas y la adaptación forzada para sobrevivir. Kyiv ha pagado un alto precio con destrucción masiva —una quinta parte del territorio afectada— y un trauma colectivo que incluye conmoción persistente, escasez de personal militar, reclutamiento forzado criticado y comandantes inexpertos que generan bajas innecesarias. Civiles como Yulia, de Kramatorsk, describen cómo el frente avanza rápidamente: “Todo está cambiando muy rápido”, mientras huyen ante bombardeos y drones.
Zelensky, que pasó de ser un líder inesperado a símbolo de resistencia con su famoso “Estamos aquí”, ha sido maltrecho por intentos de asesinato, escándalos y el peso de cuatro años de guerra, pero se mantiene en pie y firme en su mensaje: Ucrania resiste y necesita apoyo sostenido. Oficiales como Katya, de inteligencia militar, hablan de un agotamiento enorme: “La guerra se convierte en un juego, pero no queda otra opción que introducir otra moneda y jugar otra ronda”.
La revolución de los drones destaca como el cambio más perdurable: Ucrania inició una carrera de innovación acelerada (ciclos de seis semanas en el frente) para compensar deficiencias en infantería y artillería, con avances escalofriantes como drones rusos con sensores de movimiento que esperan a detonar. Tymur Samosudov, líder de una unidad de drones en Odesa, afirma: “Ucrania es invencible porque haremos todo lo posible por la victoria, nos ayuden o no”, destacando que el enemigo sufre miles de bajas diarias pese a la desventaja numérica.
En el plano diplomático, el enfoque disruptivo de Donald Trump rompió normas tradicionales, generando resultados escasos: alfombra roja para Putin en Alaska pese a acusaciones por crímenes de guerra, sanciones al petróleo ruso, ceses del fuego breves limitados a infraestructura energética y conversaciones trilaterales sin avances (como en Ginebra). El secretario de Estado Marco Rubio admitió en Múnich que EE.UU. no sabe si Rusia quiere la paz.
Europa se redefine ante la erosión de la garantía estadounidense de defensa: aumenta presupuestos de OTAN lentamente (promesas al 5% del PIB en nueve años), resiste ante la amenaza rusa pese a drones y sabotajes, y espera un colapso ruso que sigue siendo más esperanza que estrategia.
Estados Unidos ha renunciado al liderazgo global, priorizando objetivos locales y reduciendo su dominio, dejando a aliados como Europa en incertidumbre y permitiendo que China e India mantengan a Rusia a flote económicamente (compras de petróleo, equipo dual-use).
La paradoja es cruel: los ucranianos anhelan el fin inmediato de la guerra, mientras Occidente busca detenerla por costos, pero la falta de apoyo sostenido condena a Kyiv a continuar luchando sola. Como resume el análisis: la guerra ha destrozado la seguridad global, pero Ucrania resurge del polvo con bravuconería existencial, aplaudida pero abandonada en gran medida.
—Fuente:CNN En Español—
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